DÍA MUNDIAL DE LA ENFERMERA

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La Enfermera (o) es el “Ángel Protector” de los enfermos: ella, él, son los  que consuelan, alientan, enjugan lágrimas  y  animan al hombre que sufre. Sin embargo pocas veces se valora su esfuerzo, nos acordamos de ellas(os) mientras se les necesita, luego los olvidamos.

 

 La enfermería es una gran profesión, no es un simple oficio. No es una labor que se realiza como para subsistir en la vida. Ser enfermera(o) requiere una vocación bien definida que lleva mucho de heroísmo, y de responsabilidad.

 

Por eso hoy escribo estas páginas con todo cariño y se  las dedico especialmente para cada una (o) de ellas (os) en este día en que los celebramos como la estrella que manifiesta la luz y el amor de Dios a los hombres.

 

Vocación  De La Enfermera (O).

 

Ser enfermera (o) es una noble profesión con  un alto honor, digna de respeto que requiere sacrificios y responsabilidad. No sólo es esa figura de blanca vestimenta que va y viene por los pasillos del hospital. Es la mujer y el hombre hechos amor, sacrificio  y maternidad que se inclina sobre el enfermo hasta que lo alivia y lo cura.

 

Pablo VI en su Encíclica “el progreso de los pueblos” escribió: “Toda vida es vocación”, y la vocación es un llamado que Dios hace a cada persona a cumplir una misión.  Aplicando esta definición a esta profesión humana encontramos cuatro elementos indispensables: la llamada, respuesta, aptitud o capacidad y aceptación.

 

La llamada se descubre a través de la inclinación natural y espontánea que internamente siente la persona a practicar el bien por el bien mismo, por el deseo de cuidar enfermos y manifiesta el deseo de ayudar y servir a la sociedad.

 

La respuesta. No hay respuesta sincera, si antes no ha existido una llamada clara.  Por no tener en cuenta esta observación, tropezamos con frecuencia con personas fracasadas que trabajan sin ilusiones y sin amor. O que se hicieron enfermeras (os)  para ganar un sueldo.

 

Aptitud. Es una exigencia vital, es tener la capacidad para ejercerla.  Sin las cualidades precisas que exige la profesión de enfermería, es improcedente pretender ejercer esa profesión.  Especialmente  cuatro: preparación profesional, cualidades morales, cualidades comunitarias y cualidades espirituales y religiosas.

 

Aceptación de la enfermera (o) por parte de la comunidad.  En  decir, el cuerpo de profesores de la Escuela de Enfermería, son los que aceptan o rechazan a la persona según sus aptitudes.

Para ejercer esta profesión con acierto y competencia, debe estar actualizada (o) en los nuevos métodos de cura, nuevos instrumentos  y nuevas medicinas que han de suministrarse. Es decir, debe tener una completa preparación profesional. alt

 

Pero necesita, además cualidades morales,  que adornan su  personalidad  y que al mismo tiempo tienen que ver en sus relaciones con los demás. Estas son las que dan vida y calor a las relaciones humanas, cuando surgen del interior de la persona. Son el espíritu que mueve la vida, como el colorido que da variedad y gracia a las cosas, como los rayos del sol, que hacen revivir la naturaleza.

Una persona sin virtudes morales es una persona fría, distanciada de la realidad, ajena a los sentimientos de los demás, actúa por cumplir una obligación que percibe un sueldo.  Enfermera (o) que no está adornada (o) con estas virtudes; no tiene aptitud vocacional.

 

El Papa Pio XII nos ofrece una especie  de decálogo: Abnegación, espíritu de sacrificio, consagración, prontitud a las llamadas, entrega, servicio, paciencia, serenidad y equilibrio, prudencia y discreción honradez y honorabilidad.

 

El hombre no está hecho para vivir solo, está hecho para vivir en comunidad. El  creador que lo formó, le dijo “No es bueno que el hombre esté solo. (Gn. 2,18-24). La enfermera (o)  pasa muchas horas del día en comunidad y debe hacer “comunidad”  sanitaria con el personal del hospital –compañeras, compañeros, médicos, enfermos, enfermas, familiares, empleados, etc.  Y comunidad se hace conviviendo, compartiendo y soportando. Es difícil convivir con gente con distinto temperamento, con distinta educación, en su modo de actuar, en sus reacciones, en su conducta, etc. Difícil es también compartir inquietudes, penas, tristezas y sinsabores, amor, alegrías y felicidad. Más difícil todavía soportar las impertinencias, los desaires, las palabras mal  intencionadas. Se necesita madurez sicológica y equilibrio emocional. Algunas virtudes comunitarias que ayudan a hacer más agradable la vida de comunidad hospitalaria son: la amistad, lealtad y fidelidad, cortesía, urbanidad, respeto mutuo, aprecio y estima mutua, reconocimiento de los valores del otro, ayuda mutua, unidad, etc.

 

La “esencia cristiana” de la enfermera (o) es que debe tener una fe viva y creciente: No es suficiente creer en un Dios  Creador, lejano, impersonal, que nos va a juzgar un día; hay que creer en un Dios que es Padre, que es amor, que se interesa por nosotros, que nos cuida, que  nos ama y que  se acerca a nosotros a través de su  Hijo Jesucristo. Pero hay que vivir y experimentar esa vida y ese amor de Dios dentro de nosotros.  Aún más, no es suficiente con gustar personalmente “cuan bueno es el Señor”, sino que esa experiencia hay que llevarla a los demás, en el amor fraterno.

 

La enfermera (o) debe tener una intachable conducta en su vida personal  y, si es casada (o), un hogar bien constituido. Cuando uno lleva una vida desordenada y cuando el hogar no marcha bien, vive insatisfecho, preocupado, intranquilo; es imposible la entrega y el amor generoso.

Otro aspecto importante  es la actitud cristiana que debe tener la enfermera (o), que le permita valorar el sufrimiento del enfermo y sus familiares, de lo contrario le faltará lo principal, la compasión.  La identificación con el sufrimiento de los demás no sólo resguarda el corazón de la dureza, sino que aminora el dolor de los que lo padecen al compartirlo.

 

Nada contribuye tanto al estado persistente de una enfermedad como la cara larga o la antipatía de una enfermera (o). La mejor inyección es siempre la sonrisa constate de la enfermera (o).  Ya que la influencia no sólo es física y sicológica, sino espiritual que con esa actitud amorosa se cultiva en el ánimo de paciente. Santa Teresita tienen una frase que debe servir de lema a toda enfermera (o): “Una sonrisa puede conquistar un alma”. Y es que una sonrisa contagia, alegra, refresca el espíritu y acerca  a Dios. 

Por último todo enfermo debe ser para la enfermera (o) una imagen de Cristo doliente. Palabras que El mismo  nos recuerda: “Vengan benditos de mi Padre… Porque estaba enfermo… Y lo que hiciste con uno de estos, conmigo lo hicieron”.  Si tienen, esa fe viva, si detrás de los rostros humanos saben ver a Jesús en todas las salas, en todos los lechos, en los quirófanos… entonces será fácil pasar las noches en vela ante los enfermos graves a quienes se les nubla la vista y se les muere en el corazón todas las humanas esperanzas; entonces sabrán sonreír  ante la indiferencia; entonces sabrán hallar siempre fortaleza, como si el enfermo de hoy fuera el primero que se acercó a nosotras (os). Entonces… sólo entonces  Serán  esa presencia de Dios que lleva la luz y gracia del Señor Resucitado a los que sufren y a los que los cuidan.

 

No es fácil poseer este sentido, llega un momento en que la enfermera (o), como nos ocurre a muchos, se acostumbra a ver el enfermo como un doliente más, como un ser más que sufre y que espera con ansia el momento de la recuperación.

 

La parábola del Buen Samaritano, contada por el mismo Jesús: “bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores, quienes después de haberlo despojado de sus vestidos y de haberlo golpeado, huyeron dejándolo casi muerto. Casualmente pasaba por aquel mismo camino un sacerdote judío: vio al herido, pero no le hizo caso, Luego pasó también un levita e hizo lo mismo. Pero llegó más tarde un extranjero, un samaritano, viendo lo que ocurría, se detuvo, y se compadeció de él; se acercó, y al contemplar las heridas  echó sobre ellas aceite y vino. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura y lo llevó a la posada más próxima para que lo cuidasen con esmero. Al día siguiente, sacó unas monedas y se las dio al posadero diciéndole: sigue cuidándolo y curándolo, si suben los gastos, me avisas y a la vuelta te pagaré todo” (Lc. 10,29-37).

 

altEsta parábola es una invitación que Jesús hace hoy a todas las enfermeras y (os) como camino de espiritualidad  para comunicar su fe, contagiar su vida interior y hablar del sentido cristiano del sufrimiento. Si así lo haces te habrás convertido en un Discípulo y Misionero de Jesús en el mundo de la Salud que anuncia la Buena Nueva de Cristo Jesús.

 

Hna. Lupita García Estrada,  hpssc

Secretaria de la dimensión de Pastoral de la Salud.