PROYECTO DE DIOS PARA EL HOMBRE

Atención, se abre en una ventana nueva. PDFImprimirCorreo electrónico

Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tabla normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

Visto como una  historia de amor

El Salmo 8 nos invita a contemplar y admirar la belleza de la creación llevándonos  a experimentar el sentido de Dios, del cual está penetrado el salmista, que siente la cercanía de Dios . Esta experiencia lo lleva a cantar y alabar a su Señor, porque el nombre de Dios se hace resonar en todo el universo.

 

 

 

Esta alabanza no es simplemente el canto que nace en quien observa la belleza de la creación y se siente penetrado por el misterio infinito de Dios. No es sólo la experiencia de quien encuentra a Dios a través de la creación, además de eso, el salmista, mientras mira el cielo estrellado, experimenta sobre todo, que es amado por el Dios que se le ha revelado y que se ha abajado hasta él en la alianza. Además el salmo es también una confesión de la fe de Israel, que significa amor, sujeción y pertenencia a su Dios.

El salmista presenta lo que Dios hace por el hombre: “Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad”,  expresa la dignidad que éste ha recibido de Dios, nos recuerda al hombre creado a imagen de Dios (Gen 1,26). El hombre, como ningún otro ser creado sobre la tierra, es capaz de relación y comunicación con su Creador, es llamado a participar de su amistad.

Como centro de la creación, recibe de parte de Dios la tarea que deberá realizar en el mundo a la manera de Dios, por ser su imagen; por eso está llamado a participar del señorío de Dios sobre el mundo, ejerciendo su dominio sobre él, pero sin olvidar su dependencia respecto de Dios, el séptimo día le ayuda a vivir bajo el Señorío de Dios acentuando que sólo Dios es el único creador y dueño del universo.

En los  dos primeros capítulos del  Génesis encontramos el proyecto de Dios para el hombre que le permite vivir en relación, en armonía, experimentando de esta manera su plenitud, su realización como persona humana que vive su sentido de Dios. Con Él en su relación de creatura dependiente del Creador. Con el hombre en su relación de diversidad con el otro, es llamado al amor, a la amistad y a la comunión.  Con la tierra se refiere al sentido del mundo, de las cosas, del trabajo, de las situaciones, etc. (Gen 1 y 2).

Respuesta del hombre al Proyecto de Dios.

En los capítulos del tres al once encontramos el Proyecto de Dios rechazado y trastornado por el hombre al no aceptar la bendición de Dios en el mandato dado por Él. Adán y Eva no saben reconocer el don de Dios que permite al hombre vivir su dinamismo humano en plenitud al perder su  relación con su Dios (Gen 3). Este es el pecado que trae una deformación del orden primitivo del hombre, no sólo a nivel de la relación con Dios, sino también con el hombre y con  la tierra.

Caín no sabe reconocer el don de Dios, no sabe aceptar el modo con que Dios quiere bendecirlo de forma diversa a su hermano Abel. Caín no fue capaz de vivir la experiencia de su diversidad con su hermano; y lejos de disfrutarla encuentra en esta experiencia la ocasión de celos, de envidia, de amargura, de rechazo tanto del otro como de sí mismo, por eso pierde su relación con el otro y va creciendo la dinámica del mal: Caín ha matado a su hermano y el mal sigue avanzando.

Aparece luego la pretensión del hombre que busca  hacerse un nombre a través de la Torre de Babel que quiere llegar al cielo. Son los ladrillos para la construcción, las máquinas, la ciencia y tecnología que hacen que el hombre pierda la cabeza, se olvide que todas las cosas son para ayudar al hombre. Y al llegar a poner estas cosas como su fin último, ha cambiado su horizonte: “Dios”, ha perdido su capacidad de ser persona en relación, suplantando a Dios por otros dioses.  Cuando el hombre vive a partir de su visión originaria, toma todos estos adelantos como medio y no como fin.

Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tabla normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

altAbraham. Lo que hemos reflexionado sobre el proyecto de Dios para el hombre y el rechazo del mismo hombre al romper la relación con su Dios, nos hace conscientes de nuestra realidad de pecado, de nuestra incapacidad para salir por nosotras mismas de él. Es Dios Amor quien sale al encuentro del hombre para iniciar de nuevo una relación con la humanidad a través de Abraham. Este personaje nos introduce en la fe.   

Preguntas para reflexionar y compartir:

Partiendo de la experiencia interior de Abraham ¿qué sentimientos experimentó al escuchar la voz de Dios?

¿Has experimentado alguna vez en tu vida la voz de Dios?

¿cómo la has sentido?

¿hacia dónde te ha llevado?

¿Qué llevó a Abraham a obedecer hasta las últimas consecuencias?

Liberación de Egipto. Una vez más, es Dios quien toma la iniciativa para acercarse al hombre que sufre y a quien quiere liberar de sus males que le afectan y le impiden vivir como persona.

Preguntas

¿Qué momento de la vida de Moisés –de su fe y obediencia- te impactó más? ¿por qué?

PROCESO FE – OBEDIENCIA

Abraham

Dios que es amor y misericordia, no podía dejar al hombre viviendo en su desgracia, Él es fiel al hombre en su proyecto que inicia desde la creación, actúa con una serie de alianzas que se van sucediendo a través de la historia.

En el capítulo 12 del Génesis, comienza la historia propiamente dicha; desde este momento Dios entra en relación con un hombre, una familia, un clan, un pueblo. Es la entrada concreta del Creador en el mundo al que le dio forma, y esta entrada suscita pronto una historia que, aunque formada por innumerables peripecias es, sin embargo una historia de amor, es la presencia de Dios en el corazón del mundo.

Con Abraham da principio la historia de salvación que culminará con la Encarnación de Cristo y en  Abraham encontramos el camino típico de cada relación con Dios, de quien ha sabido escuchar y obedecer su voz “Sal de tu tierra a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12,1).  Dios sólo le pide fiarse de Él con una confianza absoluta  y caminar en la esperanza. La vida de Abraham resume lo que significa ser un hombre o una mujer de fe (cf. Gal 3,6-9 y Heb 11,8-16).

Ver la vida de Abraham en referencia a nuestra propia vida.

¿Qué significa para cada uno de nosotros la llamada a dejar nuestra tierra? ¿cuál es esa tierra que el Señor quiere que dejemos para entrar a la tierra prometida en donde Dios sea nuestro centro?

Dios libera a su pueblo de la esclavitud.

Una vez más, Dios, por el amor que siente a su pueblo, toma la iniciativa de salvación ante los gritos del pueblo de Israel, que son expresiones espontáneas del ser humano herido, aplastado, humillado, etc. Ante esto, Dios baja y Él mismo rompe las cadenas que los mantiene cautivos, los hace salir de Egipto para entrar a la tierra prometida (Ex 6,6-8 y  Dt 26, 5-10).

Salir, implica pasar por un camino de penalidades y silencios de Dios antes de llegar a esa tierra donde encontrarán la vida. Pero Dios no manda salir a su pueblo solo, Él mismo lo conduce, como un pastor que guía a su rebaño. Dios en su pedagogía, habla a cada generación en un lenguaje que pueda entender, para llevarlos a una visión cada vez más profunda de sus designios de amor, solamente desea conducirlos hacia la plenitud de la paz. El desierto es pues, un lugar de prueba y a la vez un lugar donde se experimenta la intimidad con Dios.

El pueblo de Israel se instala en la tierra prometida.

Una vez que el Pueblo de Israel se instaló en la tierra prometida, los israelitas dejaron de vivir aislados y comenzaron a entrar en contacto con una sociedad poblada por vecinos griegos, romanos y pueblos que adoraban otros dioses, esto implicaba para ellos el peligro de perder su fe y de verse seducidos por los ricos y su poder.

Jueces. Después de la entrada en Canaán, en un primer tiempo, la situación de los israelitas no parece haber sido cambiado demasiado, pues en medio de la lucha contra las poblaciones indígenas que les impedían instalarse, seguían viviendo de acuerdo con su fe en el Dios de la Alianza, en el Dios peregrino. Los libros de Josué y de los Jueces nos hablan de esta realidad. 

El Deuteronomio en el capítulo 8 subrayaba ya este peligro y recordaba a los israelitas la experiencia inolvidable del desierto para hacerles comprender su pobreza ante el Señor y la necesidad de Él, ya que la sobreabundancia de bienes lo podía llevar a creer que ha llegado a la prosperidad a fuerza de su puño y esperar con esto una recompensa merecida, lejos de verlo como don gratuito de Dios. A través de la peregrinación por el desierto, Dios fue educando a su pueblo como un padre a su hijo para que aprendiera dónde se encontraba la verdadera felicidad, que va más allá del pan que lo lleva a saciarse y  puede llevar al olvido de Dios.

El Deuteronomio ofrece como ayuda para esta dificultad, una especie de “vuelta al desierto” mediante el ejercicio de la memoria histórica “…acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer durante cuarenta años”  (Dt. 8,2).

La finalidad del culto de Israel está precisamente en volver  a las fuentes a través de las fiestas que se han convertido en “memoriales” de los grandes momentos del Éxodo: la salida de Egipto, el don de la Ley en el Sinaí y la vida peregrinante en el desierto. Estas tres fiestas que ya hemos visto, se celebran con peregrinaciones a un lugar santo.

Monarquía. El pueblo israelita no conforme con ser guiados por jueces, quiere, como los otros pueblos, tener un rey (1Sam 12). Dios acaba por aceptar la petición del pueblo y hace de su servidor David, una fuente de bendición para su país (2Sam 7).

El fondo del problema del pueblo, era principalmente “querer ser como otros” lo cual significaba olvidar su identidad como pueblo en peregrinación, sin otra seguridad que la confianza en Dios. Poco a poco fue perdiendo su corazón de peregrino, y al instalarse creó un terreno propicio con una serie de males que marcan esta etapa, desde la división del pueblo en los dos reinos: Israel y Judá, hasta la deportación a Babilonia en que el pueblo deja de ser pueblo, y su templo que es el lugar del culto a  Dios es destruido.

Profetas. El hilo conductor del amor y misericordia del Señor para con su pueblo jamás se rompió, gracias a la gran figura de los profetas que surgen como intérpretes de la voluntad de Dios. En los momentos más oscuros de la historia de Israel son los profetas quienes han podido pronunciar palabras capaces de formar conciencia en el pueblo de su profundo alejamiento de Dios y del camino de vuelta que debía emprender; hacen recordar al pueblo que no todo culmina en una tierra conquistada, donde nada les hace falta, sino que ante todo es volver a la Alianza con Dios y entender que esa Alianza con Dios no se puede dar si no se da la alianza con el pueblo.  

En esta historia del pueblo elegido por Dios que se ha convertido en desamor, aparecen entre otros, los profetas Jeremías y Ezequiel, quienes hablarán de una “Nueva Alianza”, diferente a la Antigua.  Esta Nueva Alianza será escrita como ley en el corazón del hombre (Jer 31,31-33) y este corazón de piedra será transformado por el Espíritu en un corazón de carne (Ez 36,26-28).

En la figura del profeta Jeremías, veremos cómo va creciendo su fe, desde una fe infantil, hasta una la fe madura.

ETAPAS DE LA FE EN JEREMÍAS

La pedagogía de Dios en el Antiguo Testamento nos muestra cómo el hombre de fe no se hace de la noche a la mañana, podríamos ver diferentes niveles en el pueblo de Israel que ilustran la manera de acoger la voluntad divina y de madurar la fe en Yahvéh; las pruebas y dificultades hacen fuerte al pueblo. 

Tomamos a Jeremías, un profeta de su tiempo, en él descubrimos cómo fue madurando y creciendo su fe hasta prefigurar la Nueva Alianza.

Analizaremos en Jeremías la fe de la infancia, la fe oblativa y adolescente y la fe en la edad madura. Estas etapas no corresponden al desarrollo físico de la persona pero tienen relación con los rasgos de estas etapas evolutivas, cabe señalar que nosotras podemos encontrarnos en cualquier fase y avanzar o regresarnos.

La fe de la infancia:

Es una fe receptiva, Dios me ama y me protege, por tanto sólo me corresponde abandonarme.

La imagen que tengo de Dios es un Dios volcado hacia mis necesidades, orientado por completo a mi debilidad. La trama de mi vida depende totalmente de Él.

Es mi experiencia de Dios como Padre que todo lo puede.

Actitud del hombre: 

Sencillez, abandono y confianza

Para él Dios es el que le ha dado todo lo que tiene.

Jeremías tiene experiencia de la primacía absoluta del amor de Dios hacia nosotros.  Igual que un niño que empieza a vivir, ve que sus padres lo han preparado todo para él.  De hecho su vocación la concibe como un don total absoluto y pleno. (Jer 1,5-10)

Riesgos: Si la fe se bloquea en esta etapa, si no se aclara y purifica, la pura receptividad acaba convirtiéndose poco a poco en una actitud pasiva, ingenua.  “Todo me irá bien porque Dios es mi Padre y me ha llamado”.

Es propia de quien espera que todo en la vida le resulte fácil. De no ser así evita seguir caminando… “Maldito el día en que nací…” (Jer 20,14)

Se cae en una ingenuidad pasiva, el trabajo es de Dios y no mío.

Fe oblativa y adolescente:

El joven vive su fe con dinamismo, se da cuenta de que puede hacer algo por Dios, pasa de la experiencia de la recepción a la experiencia de la acción. Es el momento de la generosidad, de sacrificarse por Dios.

Jeremías resalta la dimensión del amor a la ley que contiene compromisos concretos de parte de Dios.  No se trata solamente de abandonarse sino de hacer algo responsablemente.

Jeremías –como un adolescente- sabe que si se sacrifica y se comporta con fidelidad podrá vivir dignamente como un hombre, de lo contrario no podrá construir su propia vida.  (Jer 7, 5-10)

Se insiste en una reforma enérgica de la conducta moral. Con frecuencia Jeremías aporta castigos contra la infidelidad del pueblo.

Riesgos: Construir una religión de observancia cuyo moralismo es el centro.

Impide profundizar en la verdad.

Acaba por desaparecer.

Ejemplo: La religiosidad del hijo mayor en la parábola de Lucas, aparece el hijo como observante y cumplidor pero incapaz de entender el corazón de su padre.

El hombre se engaña en su relación a sí mismo, “soy justo porque hago cosas justas”.

Se pone énfasis en el culto, en la observancia minuciosa de las prescripciones, se queda en prácticas piadosas y se desentiende de las injusticias sociales y políticas.

Esto acaba por centrar al hombre en algunas cosas que absolutiza porque el hombre no puede ser absolutamente justo.

Jeremías critica duramente al culto y al templo cuando se da cuenta que el pueblo pone su justicia en la mera observancia de prácticas cultuales y lo compara con la idolatría.  Por eso denuncia los males sociales y opresiones del país para que el pueblo reconozca su propia injusticia.

Culmen de la vocación profética:

Ayudar al pueblo a pasar de una religiosidad de obras a la religión del trato personal con Dios.

Pasar de una religión meramente cultual a una religión del corazón porque se da el encuentro personal con Yavhéh que se revela como amor.

Jeremías comprende que su misión es proclamar que el pueblo no sobrevivirá por su justicia sino por el amor misericordioso de Dios.  Aquí se da en él la experiencia de contacto, de relación, de proximidad con Dios.

En la experiencia infantil hay también amor pero no se ha pasado la prueba. Observar la ley es importante, pero sólo cuando se reconoce el amor de Dios es cuando nace una nueva relación con él, la nueva alianza… “pondré mi ley en su interior” (Jer 31,33).  Esta fase de la adolescencia se da de manera gradual.

La fe en la edad madura

Es una forma renovada de responsabilidad donde se invoca y experimenta a Cristo en su transparencia de Resucitado.  Es la experiencia final y definitiva en la que se ve al Señor en la vida.

La fe madura no sólo es asunto de amistad personal, sino también una manifestación de Cristo en la comunidad, en la Iglesia, en la humanidad.

Es la experiencia de Cristo en el Espíritu Santo.

No se ha desarrollado ampliamente este punto en Jeremías puesto que es propio del Nuevo Testamento, sin embargo, encontramos en Jeremías aspectos similares. Sobre todo cuando el profeta pasa de una religiosidad intimista al aspecto social.  Presenta la restauración de Israel en sentido comunitario. Por tanto, no se trata ya de una relación individual entre el hombre y Dios sino de una relación comunitaria entre las diferentes naciones, entre cada pueblo y su Dios.

Jeremías conoce a su Dios a medida que descubre su misión.  Ha sufrido la ausencia de Dios al sufrir el fracaso de su misión y ha recuperado la experiencia del Dios-amor al comunicar la experiencia de su misión.

El profeta nos muestra claramente que los momentos difíciles y el fracaso en cada uno nos amplía el horizonte de la propia experiencia de fe.

¿QUÉ APLICACIÓN DARÍAMOS A NUESTRA VIDA?

Analizando el proceso de fe en el profeta Jeremías podemos sin dificultad aplicarlo al nuestro, siguiendo el mismo parámetro:

La fe de la infancia:

Puede semejarse a lo propio de las etapas de nuestra vida cuando nos sentimos protegidos por un Dios Providente que se preocupa por nosotros y nos da lo necesario para vivir.  Creemos porque vemos y palpamos la misericordia de Dios en lo que nos va presentando la vida de cada día. 

Cuando se presenta la dificultad nos debilitamos, responsabilizamos a los demás de nuestros fracasos, nos cuesta asumir con responsabilidad lo difícil de la situación.

La imagen que tenemos de Dios es de protección, es nuestro Padre y nos ama, por lo tanto, nuestra relación con Él es de dependencia, de abandono porque sabemos de su bondad.

Riesgos: Quedarnos en esta etapa puede llevarnos a ser sólo receptivos del amor de Dios y pasivos para comunicar este amor a los otros.

Mientras las cosas marchan bien, no hay problema, cuando éste se presenta me desestabilizo y pierdo la confianza en los demás.

Fe oblativa y adolescente:

Es el momento de la generosidad, cuando queremos darle todo al Señor pero desde la fidelidad a un cumplimiento de normas.

Cuando pensamos que Dios está contento conmigo porque hago lo que tengo que hacer y lo hago bien.

Cuando dedico todo mi tiempo a las actividades y me desgasto por el trabajo encomendado.

Riesgos: Quedarme en el ámbito moral sintiéndome bien porque cumplo con lo encomendado. 

Dejar que los demás disciernan por mí, que ellos opten por lo que a mí me corresponde.

Buscar un “salario” por lo que hago, el reconocimiento de mis obras porque mis obras son buenas.

Dejar a un lado el cumplimiento cuando éste ya no me llena, cuando me causa vacío.

Quedarme en una relación de piedad con Dios, es decir, de cumplir con mis actos de piedad sin preocuparme de acrecentar mi relación personal de amor con Aquel que me llamó a estar con Él.

Me despreocupo de los problemas que viven los demás por atender a mis necesidades.

La fe en la edad madura:

Se da cuando –aceptando con paz el momento de la prueba- Dios comienza a tomar el centro de mi vida.  Cuando mis intereses son los de Dios.  Cuando estoy dispuesta a vivir de cara a Dios (reverencia)

Cuando mi relación con Jesús parte de una necesidad personal de alimentar la fe (en la oración y los sacramentos) y de nutrirme con su Palabra para después comunicar la vida a los demás.

Cuando soy capaz de descubrir su voluntad en las mediaciones, cuando estoy atenta y escucho su voz en los demás (superiores, comunidad, destinatarios).

Cuando intento vivir bajo los criterios del evangelio ya que nuestra identificación con Jesús va en aumento.

Cuando soy capaz de filtrar mi vida de fe a la comunidad, cuando los demás reciben por mi medio el perdón, la compasión y la misericordia que yo recibo de Dios.

Cuando soy capaz de leer en los acontecimientos actuales lo que Dios me pide y lo hago con la confianza en su promesa “yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.(Mt. 28,20)

NUEVA ALIANZA:  CRISTO BAJA, SE ENCARNA Y NOS REDIME

El Antiguo Testamento dibuja la imagen de un Dios providente y cercano al pueblo, pero esta cercanía se hace palpable en Jesús que se encarna y se hace pueblo con su pueblo.  Todo lo que los profetas prefiguraron viene en plenitud con Cristo, la Nueva Alianza que se sella no a base de sacrificios ni holocaustos sino con el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados totalmente en la cruz.

Es Cristo quien redime al hombre, el hombre que se había apartado de Dios, de sus leyes y había caído en el pecado y en la opresión del hombre por el hombre mismo. Cristo y éste crucificado, es Cristo redentor quien se ofrece como víctima en la Pascua, es el Cordero inmolado en la cruz.

En la Antigua Alianza dada al pueblo de Israel, Yahveh imprime su presencia en signos visibles y así alimenta la fe del pueblo que cae y se levanta. Con Cristo, Dios se hace presente en la vida misma del hombre, no pudo hacer más Dios que darse a sí mismo y formar parte de nosotros.  Así nos redimió.  Y es Cristo Redentor quien nos da la plenitud, es Él quien sella la Nueva Alianza y alimenta la esperanza del hombre, el hombre que se sabe amado y perdonado.

El profeta Ezequiel en contraposición a los pastores de AT, que lejos de pastorear a su rebaño se pastorean a sí mismos,  presenta a Jesús en la alegoría del Buen Pastor que viene  Él mismo a cuidar a sus ovejas que le han sido encomendadas “yo mismo bajaré a cuidar de mis ovejas”  (Ez 34,1-16)

El Evangelio de Juan nos muestra la imagen del Buen Pastor, es Jesús que conoce a sus ovejas, las cura, las llama por su nombre, y ellas lo escuchan porque conocen su voz, la voz que les indica el camino. Aquí toma fuerza el discernimiento ya que escuchar la voz de Dios en medio de tantas voces es saber descubrir su voluntad. Sus ovejas le son familiares, tanto que, si se pierde una no duda en dejar a las otras para rescatarla del peligro. Esta imagen que pareciera simple y ya conocida por nosotras, nos asombra cuando –entrando al misterio- podemos ver ahí a un Dios cercano cuyo corazón no vacila en protegernos y amarnos a su medida, no a la nuestra.  Así es el corazón de Dios cuyos sentimientos y actitudes se ven reflejados en el Corazón de Cristo.

Los místicos viendo que, lejos de reconocer este amor dado generosamente al hombre, se veía ignorado o cambiado por falsas ideologías, propagaron la devoción al Corazón de Jesús que restauraría de alguna manera esta ingratitud de parte del hombre.  Y es el símbolo del Corazón lo que encierra el amor total de Dios que se entrega por nosotros hasta derramar la última gota de sangre.  Es el misterio de Cristo Redentor que toma forma y se simboliza en el Corazón traspasado de Jesús, del cual brotó sangre y agua (Jn 19,34).

Esta imagen que veneramos nos lleva no sólo a admirar y a medir la grandeza del amor de Dios sino que nos invita a amar como Él, hasta las últimas consecuencias, hasta dar la vida. Y es contemplando a Cristo Redentor -expresión de este amor- como podemos nosotras hpssc  responder al plan de Dios, aquí se finca nuestra espiritualidad (cfr. Const. 3).

Juan nos describe, en la figura del Buen Pastor las actitudes y sentimientos propios del Corazón de Dios: la bondad, la cercanía, la ternura, el interés por el otro.  Actitudes que nos son propias por ser parte del pueblo de la Nueva Alianza, el pueblo liberado por Cristo de la esclavitud del pecado. La Nueva Alianza que acentúa la centralidad de Cristo en nuestra vida y se traduce en bien para los hermanos porque son ellos imagen de Dios.

El misterio de Cristo que da la vida voluntariamente y resucita como certeza de nuestra salvación se ve simbolizado en el Corazón que tanto ha amado a los hombres y que motiva nuestra entrega a los demás. (Cf. Const. 4)

Israel hacía memoria de los acontecimientos salvíficos y su actitud era de gratitud y alabanza, lo vemos plasmado en los Salmos.  El hombre actual olvida y no reconoce el amor de Dios en sus obras, nosotras, al comenzar el Jubileo Fraternal queremos ser conscientes de la obra de Dios en nosotras, esto alimentará nuestro espíritu de gratitud y alegría, así haremos presente su amor  y alabaremos al Señor por tantas maravillas… “Si me olvido de ti, Jerusalén que se me paralice la mano derecha… si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías!” Sal 137 (136)